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El primer minuto del 2010

1 enero 2010

Eran casi las veinticuatro horas del día treinta y uno de diciembre. Las dichosas uvas pululaban por encima de la mesa salpicando el mantel arrugado por los vaivenes de los preparativos de ultimísima hora: los turrones, las copas y vasos con todo tipo de licores espirituosos, miguillas de pan, envoltorios de bombones. Vamos, la fauna de Nochevieja. De los humanos que rodean la mesa, ni hablamos… esos si que tienen miga, que no miguillas.

Detalle del reloj de la Puerta del Sol en Madrid, España.Las imágenes de la Televisión Pública Española tenían ya un algo diferente en esos momentos. La pareja de presentadores era extraña. –No me cuadraba-… Tolón, tolón, como si de un cencerro se tratara comenzaban a aporrear nuestros oídos los campanazos de los cuartos. Esos que avisaban que al cuarto cuarto había que comenzar a descerrojar uvas por el gaznate. Mientras, esos presentadores extraños repetían la letanía del número de uvas y se preparaban para el plano americano, -o si gustan, ¾- donde demostrarían lo felices que se sentían con la entrada del nuevo año y donde mostrarían en sus manos sendas copas flauta con un vino espumoso, -no me pregunten cuál, ni qué-.

Si es por romper el encanto del fresco aire de la última noche de 2009 que no quede. He de descubrir que la “parejita de guías de la tradición” cuenta frente a ellos para tan invernal momento con una hermosa estufa eléctrica con ventilador de turbina que trata de mitigar el fresquete madrileño. Esto, al menos, era así cuando había presupuesto, pero con tanto ejecutivo no sé si este año llegará para el chocolate del loro.

La cuestión es que se acaba el alborozo y el alboroto televisivo de la entrada del nuevo año dando paso, en imágenes, a una “cosa” donde algunas caras conocidas nos dan las gracias. El “gran primer minuto sin publicidad”. –No me enteré muy bien del porqué del agradecimiento.- Y todo esto con el consiguiente ruido en casa, en el edificio y en la calle. Y de los vapores no etílicos de mi “cubata de agua tibia”…

Ahhh, ¿y por qué estoy viendo “la primera cadena[1]”? Pues casi por inercia, como casi todo en esta casi vida; los surcos de los que hablan los budistas. Y por qué no decirlo, por curiosidad de ver cómo tanto cerebro sin neuronas concibe una “Televisión Pública Española en el siglo XXI”.

-¡Señorita, señorita, acérqueme el oxígeno! No, no es “mi enfermera de noche”- Una sucesión de vídeos musicales sin ton ni son. Un desfile de anteriores atrocidades de fin de año. Refritos, zurcidos, ñapas pegadas al peor estilo… -Ummm, ¿es que se ha estropeado la emisión y han puesto los primeros vídeos que han encontrado a falta del documental de animalitos de toda la vida?

Vergüenza, terror, auténtico susto, hedor. La primera respiración de “la Televisión Pública Española del siglo XXI” es una porquería. ¡Válgame Dios, -que decía mi abuela-! ¿Y esta es la Televisión de todos los españoles? Por favor, dénme inmediatamente de baja de sus estadísticas, bases de datos y tristes sistemas de espionaje.

El corazón en 170 pulsaciones, el nivel de oxigenación por debajo del 60% y cayendo rápidamente. El enfermo comienza a convulsionar, las órbitas de los ojos piden irse de viaje a la mayor brevedad posible, y es que ya no aguantan tanto  “audiovisual retrocontemporáneo”.

Por lo que respecta a las demás cadenas privadas, porque las autonómicas deben un dineral a las arcas del Estado de turno del que nadie habla, pues eso. Ni hablar. ¡Vaya programación más exigua por no decir nihilista! Qué bien han venido a algunos bolsillos esto de la crisis para hacer y deshacer a su gusto. Quizás es que somos humanos y siempre nos encanta “marcar paquete” con nuestros peores pecados.

¡Salud para el 2010 porque del resto ni hablamos! Estoy pensando seriamente comprarme un flotador. Aún no sé si con o sin patito…


[1] La historia de ‘’la Primera Cadena’’ es sabrosa desde muchos puntos de vista. Históricamente se llama así por algo tan evidente como que era la primera que aparecía en el dial del aparato receptor. Sí, no es pedantería el nombre es la denominación precisa de los primeros aparatos de televisión. Luego vino otro canal, el segundo que pasó a llamarse también ‘evidentemente’, la Segunda Cadena… Pero lo más triste es cómo las campañas de la mercadotecnia del ‘porque-sí’ cambian el nombre que ya era de uso popular de ‘la Primera Cadena’ por otro más vanguardista: ‘la Primera’. Pero claro, esta vez no topamos con la Iglesia, aunque casi. Topamos con los intereses de otras cadenas con denominación ordinal, como ‘la Sexta’. Y -ay amigos. No los míos, los suyos-, otra revolución mercadotécnica vuelve a convertir ‘la Primera’ en la fantástica e imaginativa ‘la Uno’.

R.A.R.

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